Llevo muchos años viviendo sobre la faz de la tierra 
y miles mas viviendo en las tinieblas eternas...
Soy un alma solitaria y creo que seguiré así hasta el fin de mis tiempos...
Me gusta alimentarme al despertar...
Y nunca me alimento de la sangre de los animales...
No hay nada que me sacie mas que la sangre de los humanos...
La noche es parte de mi esencia...Su oscuridad es mi cómplice... 
Y la luna es mi amada eterna... 
Uno de mis placeres son los libros y la observación nocturna...
Se que tal vez no lo creas...Pero soy la madre y reina de los vampiros...
Si es que aún quedan de ellos sobre la faz de la tierra...
Puedes seguir tu camino o detenerte ante mi...Y caminar a mi lado...
Seras aceptado solo si crees en la magia...
Si es así...Sigue mis pasos...En este mundo que ante ti se abre..

martes, 5 de julio de 2016

SOTALVO - ÁVILA - CASTILLA Y LEÓN LA LEYENDA DEL CASTILLO DE "AUNQUE OS PESE"


La puerta de San Vicente, esbelta y retadora, tenía en la tarde inverniza, tras la puesta del sol, un tinte gris mate de misterio.

Una gran multitud, entre la que figuraban las principales damas y caballeros de la sociedad abulense, salida de la Iglesia juradera. La Virgen morena de la Soterraña hacía con su novena lo que de otro modo fuera imposible. Entre aquella nobleza fervorosa, aparecían bellas damas. Y el doncel galante –apostado junto “al segundo pórtico de la Gloria” de la románica Iglesia,- podía susurrar en sus oídos unas palabras que recibía la dama cual música de arpergios.

Unos minutos después, la muralla había ocultado el vistoso desfile de trajes amplios de brocado, tiesos y sin talle ni pliegues, que había impuesto la moda italiana en la nobleza. Y el pórtico de San Vicente, quedaba en silencio. Salía la última dama acompañada de sus dueñas.

Esperaba un doncel, Don Gonzalo, que ocultaba con su capa las calzas ajustadas y el jubón acuchillado ceñido a la cintura. De su cinto pendían daga y espada riquísimos, envainadas en verdes fundas aterciopeladas como el jubón. Todo fue un momento.

De su boca salieron unas palabras:

-Por fin me ha desterrado vuestro padre. Esta noche os veré por última vez.

Las mujeres traspusieron el arco. Brillaban las primeras estrellas en el diáfano azul celeste de aquella tarde. Embozóse en su capa Don Gonzalo y, a discreta distancia, fué dando la última escolta a su dama, que pasando junto al Palacio, en la Plaza de la Catedral, llegaba a la magnífica portada del antiguo palacio de los Dávila, jefes de la cuadrilla de Esteban Domingo y ahora morada de Ximénez de Aboín, nuevo Corregidor de la Ciudad y padre de Doña Aldonza, la dulce dama que ahora trasponía el umbral de la casona solariega.

Antes, sus ojos centelleantes volvíanse hacia la plaza. Gonzalo de Velada la miraba desde lejos empuñando su espada, mientras por las mejillas sonrosadas de Aldonza, rodaban unas lágrimas, unos luceros más de la noche invernal.

Con un fuerte golpe que retumbó en la plaza se cerró el viejo portón tras las mujeres. Fue un golpe en el recio pecho de Don Gonzalo mientras por su mente llegaban en tropel las escenas vividas por la mañana en aquel mismo Palacio del Corregidor.

Ximénez de Aboín, que en su vieja enemistad con los Velada, seguía las tradiciones de discordias y rivalidades comenzadas por Esteban Domingo y Blasco Jimeno en los tiempos de la repoblación, desterraba de la ciudad a Don Gonzalo Velada, primogénito del Regidor del Concejo Don Pedro, por capitanear una cuadrilla de hombres, vasallos de Don Pedro, cometiendo tropelías y sembrando el desorden en la ciudad de Ávila…

Y aquella mañana, ante la hierática y triunfadora sonrisa de Ximénez de Aboín, Don Gonzalo Velada, adivinando la causa de su destierro en el odio racial de las familias que no podían ver con buenos ojos sus amores con Aldonza, rojo de ira y acariciando el pomo de su espada, juró solemnemente:

Yo os juro, Señor Corregidor, por el invicto temple de esta mi espada, que “aunque os pese” he de ver a vuestra hija.

Y con pasos largos, pero firmes, salida de aquella estancia ante la sonrisa de Ximénez de Aboín, sentado en su poltrona de cuero y rodeado de rojos tapices trenzados en telares abulenses y que tenían blasones con los trece roeles.

Don Gonzalo partía. En el palacio de los Velada todas las mujeres lloraban. En la puerta, el caballerizo sostenía cuatro caballos, que inquietos relinchaban. Tres mancebos fieles acompañarían a Don Gonzalo en su destierro.

Ya salen por la puerta de San Vicente.

Ya están postrados de hinojos ante la Virgen de la Guía de la fachada meridional de la Basílica de los Mártires, en aquella noche en que el frío viento hacia oscilar el farolillo de la Virgen. Y allí, bajo la bóveda azul tachonada de estrellas, los cuatro caballeros oraron.

Cabalgaban después bordeando la muralla hacia la puerta meridional, y al fin, se encontraban junto al mirador del Palacio. Algo se movió por las rejas de hierro.

Después caía una escala de cuerdas, y Don Gonzalo subía.

Adiós Doña Aldonza. No guardo rencor a vuestro padre.

Don Gonzalo la miraba ardientemente. Su alma noble, de monje, de poeta y de guerrero, se le haría versos que no podría regalar a su dama por la emoción de aquellos instantes.

Más si olvidáis mi dulce dueña el amor que os profeso y daís el corazón a otro, mandádmelo a decir, os ruego, porque si vos morís para mi amor, no tengo más que yo morir también, o que muera quien me roba a mi el alma, robándoos a vos el corazón…

¡Don Gonzalo! Suspiró la dama mientras tapaba el rostro con las manos ¿dudáis acaso de mi amor? Pues yo también os juro que será eterno.

Don Gonzalo se acercó para besar aquellas manos, blancas como dos azucenas. Mas Doña Aldonza dejólas caer para decir, muy triste y dulcemente:

¡Marchaos!

Y el beso cayó sobre los labios de la dama, ahogando su palabra, sin que ella supiera como, sin que el supiera por qué … Y fue un beso tan puro como la nieve blanca del invierno abulense. Se besaron las almas más que los cuerpos.

Por oriente comenzaba a clarear.

Los cuatro jinetes partían al galope en aquella alborada, cruzando por el puente romano el Adaja, para esfumarse poco a poco tras una nube de polvo en la parda llanura del Valle Amblés.

Desde el mirador del Rastro, allá en el fondo del Amblés, se divisa un castillo. Allí, en la aldea castellana de Sotalvo, en un cerro escarpado de las próximas estribaciones de la Serrota, aún hoy puede admirarse la fábrica de un castillo, cuya silueta sublime se levanta majestuosa en el azul, con más bello contraste cuando se interpone una nube precisa y recortada como un pedazo de algodón colgado en el espacio.

Aún pueden admirarse sus cuatro esbeltas torres, que se alzan sobre la roca viva, y su barbacana, su foso… y sus salidas secretas.

Ya no quedan en pie más que los fuertes lienzos que desafían siglo tras siglo a los soles, al viento y al frío, pero aún se puede subir a los balcones abiertos al muro y hechos para soñar. Aún se puede atisbar por las saeteras. Aún se puede imaginar una batalla. Aún se puede admirar un hermoso paisaje rico en perspectivas y desnudo en árboles… aún se puede ver Ávila, desde algún recoleto rincón del castillo.

Su roca viva, testigo de luchas entre agarenos y cristianos, muestra hoy sus viejas almenas tapizadas de verdín y patinadas por el tiempo, esmaltadas por la leyenda y rociadas por la brisa que peina los trigales de los campos castellanos.

Quisiera uno leer al cruzar la ancha puerta: “Este castillo reconstruyó Don Gonzalo de Velada para ver a su dama, cumpliendo un juramento que fizo al padre de Doña Aldonza Ximénez de Aboín al que dijo: Aunque os pese he de ver a vuestra hija.

No se ha grabado sobre las centenarias piedras. Más lo adivina quien soñando pisa aquellos lugares. La tradición no conoce el castillo por otro nombre que este: El castillo de aunque os pese.

El fué la morada de Don Gonzalo, en que cumplió su juramento. Entre aquellos riscos de silueta recortada fué fiel a su amada Doña Aldonza y también a los destinos de la ciudad que le había desterrado haciendo de su castillo barbacana de la muralla que la defendiera de la morisma.

En aquel castillo soñó con su Aldonza que seguía siendo fiel año tras año. Desde aquel día de su destierro, cuéntase que cada noche brillaban en los cerros las hogueras que hablaban del incendio de su amor.

Y desde aquel día de su separación, cada noche medía un jerifalte la distancia, llevando y trayendo entre sus garras fieles papeles con endechas de amor; llevando y trayendo entre sus garras, jirones del corazón.

Y cuentan que la flor que la diera el mancebo, la puso la dama en un búcaro de oro, y que cada noche posaba sus labios ardientes sobre sus mustios pétalos.

Y cuentan también que bajo las estrellas, la dama tañía su vihuela y desde el mirador cantaba en romances las penas de su amor.

Y narran las viejas consejas que un día un fiel jerifalte llevó al castillo un mensaje de auxilio junto a la flor aquella que guardaba tantos besos: “…que me quieren desposar y no es con vos”.

El padre de Doña Aldonza había concertado sus bodas con un noble caballero descendiente de los Dávila. La flor mustia que le llevara el halcón a Don Gonzalo, fué como una puñalada.

Don Gonzalo debía volver por su amor. La raptaría… y a la grupa de su caballo alazán la llevaría al castillo. Allí, felices los dos, se desposaría en la iglesia de la aldea castellana en una bella alborada. Los pájaros cantarían una marcha nupcial mientras las trompas guerreras convocarían a la mesnada para la lucha.

Y cuentan que las alas de su pasión volaban más que su caballo alazán, la noche aquella que, dando capa al viento, volvió con cuatro de los suyos al rescate de su amada.

Aquí se interrumpe la leyenda. Nada sabemos desde aquella salida de Don Gonzalo para emprender la marcha hacia la ciudad.

¿Lucharía como esforzado paladín para rescatar del palacio almenado a su Aldonza? O tal vez, ¿irrumpiría en el templo de San Vicente para romper las ceremonias nupciales?

La leyenda enmudece en este punto, pero de lo que si habla es del fin de aquellas zozobras, y de la boda de Gonzalo con Aldonza bajo las bóvedas de la Basílica de los Santos Mártires. Habla del juramento que se hicieron los dos enamorados para siempre. Habla de la alegría de las campanas de la ciudad, de los trinos alegres de los pájaros en la mañana primaveral, y habla, por fin, de una paz que se juraron para siempre, ante el sepulcro de los Mártires, la familia Ximénez de Aboín y Velada, los “capuletos y montescos” abulenses.

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